Zoretes gigantes, enormes cloacas,
viajan torrentes hacia mi, de un amor que huele mal.
Como anunciandole al zorte, nuestro destino,
se ven las marcas del zorete, por las ventanas del avión.
Hay zoretes volando, que se suicidan,
la ansiada prosperidad, fue el mas pesado zorete!
para que un zorete final, si ya estamos descompuestos,
una explocion de zoretes hará una gran selección.
Que buen zorete, allí estoy, vos sos mi unica caca, con alma y vida yo defiendo tu inodoro.
Que buen zorete, como el de bush, que tiene en la cabeza, bush tiene un zorete en la cabeza.
No te libraste del zorete, nuestra mierda.
Fue por regalar zoretes, el creer que no huelen mal.
Esta cagando zoretes, esta cansada, aunque tus enormes zoretes, nos pueden matar si quieren.
Los pocos que cagan, no tienen fuerza, como zoretes se pasean, solo paquetes con mierda son.
No hay mas amigos del papel, no hay mas papel.
Solo un zorete mortal, en medio del corazon.
Que buen zorete, allí estoy, vos sos mi unica caca, con alma y vida yo defiendo tu inodoro.
Que buen zorete, como el de bush, que tiene en la cabeza, bush tiene un zorete en la cabeza.
Que buen zorete, allí estoy, vos sos mi unica caca, con alma y vida yo defiendo tu inodoro.
Que buen zorete, como el de Bush, que tiene en la cabeza, Bush tiene un zorete en la cabeza.
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02 julio 2008
13 junio 2008
ALBOREAR EXCREMENTADO
No se dice lo de: quien con críos se acuesta, cagado se levanta.
Lo correcto es decir:
Quien con infantes pernocta, excrementado alborea.
Lo correcto es decir:
Quien con infantes pernocta, excrementado alborea.
27 mayo 2008
EL HOMBRE QUE PROBÓ LA ORINA
Cuando era un niño y me quebré el brazo, tuve que usar un húmedo y hediondo yeso por cerca de 4 semanas. Utilizaba un colgador de ropa para rascar al interior del yeso. Para mi delicia, ello comenzó a tener algunos resultados inesperados, tras un par de semanas de fermentación. Grises capas de piel muerta salían de mi brazo húmedo en transpiración. El sabor era más bien salado, con un poquito de descomposición para darle algo más de pimienta.
Una vez que me sacaron el yeso, tomé un cuchillo para mantequilla y comencé a raspar toda la piel muerta de mi brazo. Recolecté una buena cantidad, y la guardé para comerla más tarde. Masticaba un poquito cada vez, pues es un material bastante correoso.
En la actualidad me rasco con mis largas uñas para ver cuanta piel muerta puedo recoger y así tener un delicioso bocado. El espacio entre los dedos de los piel es ideal para esto. Por supuesto, las uñas largas son ideales para sacar mucosidad de la cavidad nasal. Todos, en un momento u otro, hemos comido de esas joyas nasales - no hace falta escribir más al respecto.
Hace unos años decidí afeitar todo mi cuerpo, y guardé todos los cabellos en un gran jarro trasparentes. Se veía interesante… con todo el vello púbico, así como aquel proveniente del pecho, las piernas, el culo y los sobacos descansando en el fondo. Mi vello púbico es negro, en tanto el resto de mi cabello es más bien castaño claro. Yo podía girar el jarrón para dar la idea de un abrigo de cafiche. No comí mucho de ello, aunque cuando te afeitas la cabeza el cuero cabelludo se vuelve realmente graso - los folículos escupiendo sobre tu calva, expulsando sus grasientas cargas de sebo a toda capacidad. No tiene mal sabor, sino que es más bien denso, parecido al aceite de oliva.
También intenté probar orina. Es de lo mejor. Salada con ese algo refrescante que tiene la coca cola. He jugado con orina varias veces. En una de esas ocasiones, llené un copón de cerveza con orina y lo dejé reposar algunas semanas. Tras ese tiempo, había un cieno de color amarillo anaranjado, con la consistencia del cerumen en los oídos, que tenía un olor bastante raro. Olvidé qué hice con la mayor parte de eso, pero aún recuerdo que su sabor era realmente amargo.
Hasta el momento aún no he probado un trozo de excremento. Solamente me he satisfecho a mi mismo lamiendo mis dedos tras el chequeo final del papelero en el baño, ahí cuando te dices “ah, ya terminé de limpiarme.”. La mierda tiene el sabor, bueno, a mierda. Es difícil de describir. Prefiero el sabor mixturado que aparece en el borde del ano en días calurosos.
Y por supuesto semen. Es muy sabroso. Me recuerda al sabor de la clara del huevo, esa inconfundible esencia salada del semen se parece a la salsa de huevos para rollitos de primavera. Me gusta el sabor, pero la consistencia espesa del semen no es de lo mejor para tener en tu boca. Es mejor saborear el regusto, me refiero a que es mejor saborearlo de la boca de tu pareja, pues la saliva lo disuelve hasta darle un nivel más manejable y suave, una “pizca de semen.”
Esmegma, conocido con cariño como “quesillo”: tiene una agradable textura, semejante a la del queso, un sabor mineral con cierto regusto. Me gusta el mio, de todas formas. Como uno de los no circuncisos, el viejo capuchón permite que el quesillo fermente y nos lleve a toda clase de maravillosos aromas y extraños sabores. Ahora, si sólo pudiera producir lo suficiente como para esparcirlo en sandwiches - dejaría de ser vegetariano.
Cerumen. Ah, cerumen, viejo cerumen. Solía amar esa sustancia. Pon tu lápiz del Nº 2 en el oído, y luego muerde la goma del lápiz, impregnada en cerumen, toda la tarde. Recuerdo que guardaba algo de esa materia en mi banco de la escuela primaria. También solía untar de esos cartones de rasca-y-huele en cerumen: tomaba uno que ya estaba usado, lo llenaba del producto de mis oidos y luego se lo pasaba a la gente para que adivinara qué aroma tenía. Algunos decían limón, o alguna clase de limpiador con olor a limón, pero nadie jamás dijo “cerumen”. (los idiotas, ¿acaso no se daban cuenta que el cartón estaba todo grasiento?)
Tiene un regusto bastante sabroso, pero al que resulta dificil acostumbrarse. Tiene un vago sabor a jabón o alguna clase de solvente plástico.
Legañas: crujientes, saladas - no muy distinto de papas fritas sin papas.
Sangre - el fluido más antiguo de todos; y no, no tiene un sabor parecido al cobre, como dice el viejo cliché. Tiene un sabor más semejante al hierro. Si has probado el sabor del agua altamente contaminada con hierro, te diré que es algo muy semejante. Vieja hemoglobina. Sin embargo, aún me falta práctica y no puedo diferenciar coágulos por su sabor.
Una vez que me sacaron el yeso, tomé un cuchillo para mantequilla y comencé a raspar toda la piel muerta de mi brazo. Recolecté una buena cantidad, y la guardé para comerla más tarde. Masticaba un poquito cada vez, pues es un material bastante correoso.
En la actualidad me rasco con mis largas uñas para ver cuanta piel muerta puedo recoger y así tener un delicioso bocado. El espacio entre los dedos de los piel es ideal para esto. Por supuesto, las uñas largas son ideales para sacar mucosidad de la cavidad nasal. Todos, en un momento u otro, hemos comido de esas joyas nasales - no hace falta escribir más al respecto.
Hace unos años decidí afeitar todo mi cuerpo, y guardé todos los cabellos en un gran jarro trasparentes. Se veía interesante… con todo el vello púbico, así como aquel proveniente del pecho, las piernas, el culo y los sobacos descansando en el fondo. Mi vello púbico es negro, en tanto el resto de mi cabello es más bien castaño claro. Yo podía girar el jarrón para dar la idea de un abrigo de cafiche. No comí mucho de ello, aunque cuando te afeitas la cabeza el cuero cabelludo se vuelve realmente graso - los folículos escupiendo sobre tu calva, expulsando sus grasientas cargas de sebo a toda capacidad. No tiene mal sabor, sino que es más bien denso, parecido al aceite de oliva.
También intenté probar orina. Es de lo mejor. Salada con ese algo refrescante que tiene la coca cola. He jugado con orina varias veces. En una de esas ocasiones, llené un copón de cerveza con orina y lo dejé reposar algunas semanas. Tras ese tiempo, había un cieno de color amarillo anaranjado, con la consistencia del cerumen en los oídos, que tenía un olor bastante raro. Olvidé qué hice con la mayor parte de eso, pero aún recuerdo que su sabor era realmente amargo.
Hasta el momento aún no he probado un trozo de excremento. Solamente me he satisfecho a mi mismo lamiendo mis dedos tras el chequeo final del papelero en el baño, ahí cuando te dices “ah, ya terminé de limpiarme.”. La mierda tiene el sabor, bueno, a mierda. Es difícil de describir. Prefiero el sabor mixturado que aparece en el borde del ano en días calurosos.
Y por supuesto semen. Es muy sabroso. Me recuerda al sabor de la clara del huevo, esa inconfundible esencia salada del semen se parece a la salsa de huevos para rollitos de primavera. Me gusta el sabor, pero la consistencia espesa del semen no es de lo mejor para tener en tu boca. Es mejor saborear el regusto, me refiero a que es mejor saborearlo de la boca de tu pareja, pues la saliva lo disuelve hasta darle un nivel más manejable y suave, una “pizca de semen.”
Esmegma, conocido con cariño como “quesillo”: tiene una agradable textura, semejante a la del queso, un sabor mineral con cierto regusto. Me gusta el mio, de todas formas. Como uno de los no circuncisos, el viejo capuchón permite que el quesillo fermente y nos lleve a toda clase de maravillosos aromas y extraños sabores. Ahora, si sólo pudiera producir lo suficiente como para esparcirlo en sandwiches - dejaría de ser vegetariano.
Cerumen. Ah, cerumen, viejo cerumen. Solía amar esa sustancia. Pon tu lápiz del Nº 2 en el oído, y luego muerde la goma del lápiz, impregnada en cerumen, toda la tarde. Recuerdo que guardaba algo de esa materia en mi banco de la escuela primaria. También solía untar de esos cartones de rasca-y-huele en cerumen: tomaba uno que ya estaba usado, lo llenaba del producto de mis oidos y luego se lo pasaba a la gente para que adivinara qué aroma tenía. Algunos decían limón, o alguna clase de limpiador con olor a limón, pero nadie jamás dijo “cerumen”. (los idiotas, ¿acaso no se daban cuenta que el cartón estaba todo grasiento?)
Tiene un regusto bastante sabroso, pero al que resulta dificil acostumbrarse. Tiene un vago sabor a jabón o alguna clase de solvente plástico.
Legañas: crujientes, saladas - no muy distinto de papas fritas sin papas.
Sangre - el fluido más antiguo de todos; y no, no tiene un sabor parecido al cobre, como dice el viejo cliché. Tiene un sabor más semejante al hierro. Si has probado el sabor del agua altamente contaminada con hierro, te diré que es algo muy semejante. Vieja hemoglobina. Sin embargo, aún me falta práctica y no puedo diferenciar coágulos por su sabor.
21 mayo 2008
LA FILOSOFIA SOBE EL EXCREMENTO
Enero 13, 2007 in Arturo Montes Larraín
Me refiero al excremento humano y no por ejemplo al excremento de puerco como fuente de ecológica energía eléctrica ya en desarrollo por cierto marginal pero no por ello insignificante dentro de nuestro propio país.
No me da risa. Pero según Sartre, en su extensa “Crítica de la razón dialéctica”, “on rit de la merde” (se ríe de la mierda). A cada quien su gusto. Pero el hecho es que la observación además olfativa de la caca propia es una práctica individual bastante universal (¿no la ha vivido Ud.?) aunque, en mi “conocimiento”, más occidental que oriental. Así, el escusado turco, por su arquitectura, la impide: la materia fecal cae en un hoyo muy higiénico, inmediato al ano de la persona que defeca y donde poco se huele y nada se ve. Por razones no ya territoriales ni culturales sino económicas y sociales, algo parcialmente semejante con una pobre letrina de campo por ejemplo en Chile: allí, mucho con asco de entrada se huele, pero nada tampoco se ve.
Fuera de ejemplos como éstos, y reconociendo mi falta de especialización en esta materia sin embargo intrigante, he visto en Occidente dos tipos de escusados muy diferentes (dejo de lado aquéllos muy sucios de scouts o limpios de paseantes forestales, etc.). Los llamaré así, pensando sólo en la actual modernidad y no en Versailles de Louis XIV: el escusado alemán; y el escusado francés (común en Chile).
El primero presenta una bandeja donde la hez cae y queda allí detenida en seco, espléndida. Se la puede mirar y oler su gas con perfección. Luego, mediante la “cadena”, se la expulsa desde atrás mediante un fuerte chorro de agua que limpia la bandeja y hace caer la mierda hacia delante en un hoyo que las cloacas absorben y reintegran en el “ciclo de la vida”. El escusado “francés” no tiene bandeja. La caca se precipita directamente en el hoyo acuático, es comparativamente poco visible aunque algo se pueda discernir sobre ella por cantidad y calidad; y expira su gas sólo en el trecho que va del ano al agua, pues ésta al ahogarla extingue su olfatividad. Así, el alemán ve y huele con más exactitud que el chileno. Pero en substancia ambos ven y huelen.
¿Ven y huelen qué? ¿Qué reabsorben, a menudo sin saberlo, pero haciéndolo? Reabsorben la transformación del alimento en excremento, de un perfumado durazno en “eso”, de vino tinto en “vino blanco”, orina. La hez sólida o líquida muestra retroactivamente a la persona, en el transcurso culminante como originales ex “durazno”, cebolla o carne de puerco, etc., ¿qué, exactamente? Le muestra precozmente, más allá de su nutrición corporal en el tiempo, de niñez a vejez, su personal y propio envejecimiento, ineluctable (fruta aromática -> mierda fétida), es decir, más allá aún, le muestra, acá, su mortalidad y su muerte. De allí en parte, por analogía sólo simbólica, la diferencia dramática, mediante el simple Rhin, entre las filosofías funerarias materializadas en Berlín y París, entre Wagner y Berlioz, el holismo y el individualismo, la gravedad y la levedad, la insolencia y la ironía, etc., y de allí la diferencia drástica entre ambas lenguas pareadas, sí, de una muerte que la evidencia fecal torna culturalmente trágica a otra cuya sombra de modas vestimentarias torna comediante.
Nadie huele con placer un pedo ajeno. Nadie huele sin placer su propio pedo. Perros y perras huelen con placer mierda ajena, incluso humana. Moscas se alimentan de excremento. Prohibido está al ser humano defecar en la calle donde a su lado es tolerado que esté cagando un can. Igual cosa ocurre con la desnudez o el coito. El asco al pedo ajeno es asco al cadáver. El placer por el pedo propio es admisión de mi mortalidad o en Ud. de la suya. No hay aquí distinción salvo estadística (Alemania, Francia) de sexo, de edad o de condición social. La caca allí presente vive y hace revivir por anticipación semiótica, en síntesis tragicómica, a la muerte. El suspiro de alivio feliz que sucede a la excreción y la contemplación orgullosa de “eso” llevan en sí el sentimiento de una resurrección aún superviviente.
¿Lo antedicho es locura, es estúpido, es chacota, es burla, es señuelo, es verdad? Durante el Medioevo, los teólogos cristianos debatieron -puesto que Dios Padre, antropomórfico, habiendo tenido una experiencia tan paradójica como haberse arrepentido por la creación del ser humano (6º día, 7º de descanso) tras ver su criminal comportamiento en Sodoma y Gomorra- sobre si de manera parecida mente tan humana como el arrepentimiento él defecaba o no. Llegaron a la conclusión, salvo Averanius, que no, porque, siendo Él por postulado lógico autosuficiente, no necesita alimentarse de nada ni por tanto nada defecar. A lo cual Averanius, luego condenado por hereje, había respondido que la hez de Dios es la Creación surgida de su necesaria y (en palabras termodinámicas de Maxwell) entrópica autoalimentación, confirmativa por misterio de su negoentrópica autosuficiencia, que sin residuos “demoníacos”, “creativos”, significaría la “muerte de Dios” reafirmada por Nietzsche en el Siglo XIX.
Me refiero al excremento humano y no por ejemplo al excremento de puerco como fuente de ecológica energía eléctrica ya en desarrollo por cierto marginal pero no por ello insignificante dentro de nuestro propio país.
No me da risa. Pero según Sartre, en su extensa “Crítica de la razón dialéctica”, “on rit de la merde” (se ríe de la mierda). A cada quien su gusto. Pero el hecho es que la observación además olfativa de la caca propia es una práctica individual bastante universal (¿no la ha vivido Ud.?) aunque, en mi “conocimiento”, más occidental que oriental. Así, el escusado turco, por su arquitectura, la impide: la materia fecal cae en un hoyo muy higiénico, inmediato al ano de la persona que defeca y donde poco se huele y nada se ve. Por razones no ya territoriales ni culturales sino económicas y sociales, algo parcialmente semejante con una pobre letrina de campo por ejemplo en Chile: allí, mucho con asco de entrada se huele, pero nada tampoco se ve.
Fuera de ejemplos como éstos, y reconociendo mi falta de especialización en esta materia sin embargo intrigante, he visto en Occidente dos tipos de escusados muy diferentes (dejo de lado aquéllos muy sucios de scouts o limpios de paseantes forestales, etc.). Los llamaré así, pensando sólo en la actual modernidad y no en Versailles de Louis XIV: el escusado alemán; y el escusado francés (común en Chile).
El primero presenta una bandeja donde la hez cae y queda allí detenida en seco, espléndida. Se la puede mirar y oler su gas con perfección. Luego, mediante la “cadena”, se la expulsa desde atrás mediante un fuerte chorro de agua que limpia la bandeja y hace caer la mierda hacia delante en un hoyo que las cloacas absorben y reintegran en el “ciclo de la vida”. El escusado “francés” no tiene bandeja. La caca se precipita directamente en el hoyo acuático, es comparativamente poco visible aunque algo se pueda discernir sobre ella por cantidad y calidad; y expira su gas sólo en el trecho que va del ano al agua, pues ésta al ahogarla extingue su olfatividad. Así, el alemán ve y huele con más exactitud que el chileno. Pero en substancia ambos ven y huelen.
¿Ven y huelen qué? ¿Qué reabsorben, a menudo sin saberlo, pero haciéndolo? Reabsorben la transformación del alimento en excremento, de un perfumado durazno en “eso”, de vino tinto en “vino blanco”, orina. La hez sólida o líquida muestra retroactivamente a la persona, en el transcurso culminante como originales ex “durazno”, cebolla o carne de puerco, etc., ¿qué, exactamente? Le muestra precozmente, más allá de su nutrición corporal en el tiempo, de niñez a vejez, su personal y propio envejecimiento, ineluctable (fruta aromática -> mierda fétida), es decir, más allá aún, le muestra, acá, su mortalidad y su muerte. De allí en parte, por analogía sólo simbólica, la diferencia dramática, mediante el simple Rhin, entre las filosofías funerarias materializadas en Berlín y París, entre Wagner y Berlioz, el holismo y el individualismo, la gravedad y la levedad, la insolencia y la ironía, etc., y de allí la diferencia drástica entre ambas lenguas pareadas, sí, de una muerte que la evidencia fecal torna culturalmente trágica a otra cuya sombra de modas vestimentarias torna comediante.
Nadie huele con placer un pedo ajeno. Nadie huele sin placer su propio pedo. Perros y perras huelen con placer mierda ajena, incluso humana. Moscas se alimentan de excremento. Prohibido está al ser humano defecar en la calle donde a su lado es tolerado que esté cagando un can. Igual cosa ocurre con la desnudez o el coito. El asco al pedo ajeno es asco al cadáver. El placer por el pedo propio es admisión de mi mortalidad o en Ud. de la suya. No hay aquí distinción salvo estadística (Alemania, Francia) de sexo, de edad o de condición social. La caca allí presente vive y hace revivir por anticipación semiótica, en síntesis tragicómica, a la muerte. El suspiro de alivio feliz que sucede a la excreción y la contemplación orgullosa de “eso” llevan en sí el sentimiento de una resurrección aún superviviente.
¿Lo antedicho es locura, es estúpido, es chacota, es burla, es señuelo, es verdad? Durante el Medioevo, los teólogos cristianos debatieron -puesto que Dios Padre, antropomórfico, habiendo tenido una experiencia tan paradójica como haberse arrepentido por la creación del ser humano (6º día, 7º de descanso) tras ver su criminal comportamiento en Sodoma y Gomorra- sobre si de manera parecida mente tan humana como el arrepentimiento él defecaba o no. Llegaron a la conclusión, salvo Averanius, que no, porque, siendo Él por postulado lógico autosuficiente, no necesita alimentarse de nada ni por tanto nada defecar. A lo cual Averanius, luego condenado por hereje, había respondido que la hez de Dios es la Creación surgida de su necesaria y (en palabras termodinámicas de Maxwell) entrópica autoalimentación, confirmativa por misterio de su negoentrópica autosuficiencia, que sin residuos “demoníacos”, “creativos”, significaría la “muerte de Dios” reafirmada por Nietzsche en el Siglo XIX.
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